10 julio 2011

20 cosas que odio

1.-Que me quieran ver la cara de mensa.
2.-Que me digan "señora".
3.-El machismo.
4.-Que alguien tenga faltas de ortografía (al escribir y al hablar).
5.-Que me hagan esperar por más de 20 minutos a alguien.
6.-La gente coda.
7.- Levantarme antes de las 9:00 am.
8.- Todos aquellos que viven para buscar cómo carajos llamar la atención de los demás (con dramas, con sus opiniones sobre absolutamente cualquier tema, con sus gritos, con sus "indignaciones"...).
9.-Que me hagan perder mi tiempo.
10.-Que me digan que no puedo hacer algo.
11.-A las zorras que se les lanzan a los hombres para conseguir algo (aunque a veces sea solamente atención).
12.-Que no haya internet.
13.-La gente que dice que los psicólogos no sirven.
14.-Loz mokozoOs kn zu nva hortographiia.... ii loss taradiiTosS adUltesscenTEs k ls copiiann.
15.-La gente que me platica su vida sexual, sin habérsela preguntado antes.
16.-El peje y sus pejistas, que critican a todos de cerrados, nomás porque no pensamos como ellos.
17.-La genteeeeeeee queeeeeeeeeee esssssscribeeeeeee assssíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
18.-Los viejos raboverdes.
19.-Gastar dinero y que después me haga falta.
20.-Calderón, Elba Esther, Ebrard, Peña Nieto, Etilio, y todos los pendejos que nos están gobernando.

08 julio 2011

Besos

Y me dijiste: "Sólo una y nos vamos". Yo quería irme, se me hacía tarde. Le dí un sorbo.
Nos la acabamos y no era mi hora aún. Tú te veías cómodo, no me podía negar a seguir ahí.
-¿Otra?
-Está bien, otra.
¿Por qué yo me las acababa antes? Y eso que ésta me estaba durando mucho más.
Comenzó la música. Caray, pocas veces me he sentido tan cómoda.
Le tomé otro sorbo largo. Tú seguías sin acabártela.
-Anda, termínatela para pedir otra.
-Ya es tarde, tengo que irme.
-No, tú te quedas.
Ya no pude objetar. Me quedaría.
-Empieza ésta otra.
-No quiero.
-Ándale, empieza.
Y ahí voy, como si el mundo ya se fuera a acabar. Tú sólo te divertías. Me cambiabas la botella, querías que la mía fuera la que durara más en acabarse.
-Déjame la mía.
-Esa es la tuya.
-No, devuélvemela.
Me empezó a dar sueño. Me pusiste tu hombro y no podía evitarlo. Mi mejilla parecía imantada a él. Cerré los ojos y cuando los abrí ya había una nueva porción por ser acabada.
-No puedo, ya no.
-Ándale, y ya nos vamos.
Y ahí voy, a darle un sorbo. Y otro. Y otro más.
Me recargo en tu hombro, ya no puedo, me voy a dormir.
Me besas.
Me embriago. Me mareo. Se me suben a la cabeza.
Abro los ojos y veo borroso. Vuelves a besarme.
-Vámonos, por favor.
-Está bien, nos vamos.
Me vuelves a besar al salir. Me abrazo de ti.
Besos y ya no puedo caminar bien.
Besos y empiezo a reír.
Besos y no sé a dónde voy.
Besos y empiezo a olvidar.
Besos, besos, besos.


Hace un año lo escribí, se lo mostré a una amiga cereza y le dije: "Si todo sale bien, algún día se lo mostraré, sino, lo haré público cuando no me duela". Me da gusto que todo haya salido bien.

06 julio 2011

Ejercicio de redacción 2: Mi pueblo


Cuando llegué al pueblo todo era nuevo para mí: las calles empedradas, y algunas incluso sin empedrar. La lluvia copiosa que se mezclaba con la tierra y terminaba haciendo un lodazal por todas partes. Los señores con sombrero, que se lo quitaban de la cabeza sólo para saludar. Las señoras con rebozo. Los niños llenos de tierra en la cara y con la ropa descosida. Los animales corriendo de un lado para otro por la calle, sin importar si eran caballos, vacas, perros o gatos. En frente de mi casa había una huizachera. Así es como le llamaba la gente del pueblo a los terrenos baldíos, porque solían llenarse de huizaches. Recuerdo que había un arroyo al que todos los niños se iban a jugar cuando era el verano. No era muy extenso, apenas y pasaba el agua por ahí, pero era suficiente para que pudieran mojarse unos a otros.

La gente era pobre, en verdad pobre. La mayoría de los esposos se habían “ido al norte”, y las mujeres se quedaban a críar a sus hijos. Las familias solían ser de 5, 6 ó 7 miembros, y los niños no eran mayores de 10 años. Por lo menos los de mi barrio. Cuando eran adolescentes, los muchachos también se iban “al norte”. Las mujeres se salían a las calles por las tardes a coser, a platicarse lo cotidiano, a gritarles a sus hijos porque no se portaban bien, a jugar lotería, a lo que fuera.

A mí me gustaban los juegos que se hacían en ese pueblo. Todo me gustaba ahí, jugar con mis vecinos a enlodarnos, correr por el empedrado, con las rodillas raspadas como resultado. Recuerdo el tiempo de lluvias con mucho temor, porque siempre se iba la luz y tardaba muchas horas en volver, a veces hasta días. No puedo olvidar la ansiedad que sentía cada vez que jugaba en alguna de las huizacheras, tenía tanto miedo de que me picara algún animal; a veces no era eso, era el simple temor de estar ahí, como si fuera algo prohibido.

Me gustaba la gente y el pueblo. Sus olores que me recordaban mejores tiempos, sus sabores que me traían de vuelta a casa de mi abuela, sus ruidos a pueblo de antaño. Me sentía en un lugar ajeno, fuera de mí, lejos de la civilización, aún y cuando todas las casas tenían televisión, sentía que no éramos parte de este mundo. Como si fuéramos una historia más de un libro de García Márquez, como si fuéramos parte de la imaginación de alguien y no personas reales, sino personajes. Todo eso sentí, y todo eso fue hasta que me vi obligada a dejar el pueblo. Mi pueblo.