06 julio 2011

Ejercicio de redacción 2: Mi pueblo


Cuando llegué al pueblo todo era nuevo para mí: las calles empedradas, y algunas incluso sin empedrar. La lluvia copiosa que se mezclaba con la tierra y terminaba haciendo un lodazal por todas partes. Los señores con sombrero, que se lo quitaban de la cabeza sólo para saludar. Las señoras con rebozo. Los niños llenos de tierra en la cara y con la ropa descosida. Los animales corriendo de un lado para otro por la calle, sin importar si eran caballos, vacas, perros o gatos. En frente de mi casa había una huizachera. Así es como le llamaba la gente del pueblo a los terrenos baldíos, porque solían llenarse de huizaches. Recuerdo que había un arroyo al que todos los niños se iban a jugar cuando era el verano. No era muy extenso, apenas y pasaba el agua por ahí, pero era suficiente para que pudieran mojarse unos a otros.

La gente era pobre, en verdad pobre. La mayoría de los esposos se habían “ido al norte”, y las mujeres se quedaban a críar a sus hijos. Las familias solían ser de 5, 6 ó 7 miembros, y los niños no eran mayores de 10 años. Por lo menos los de mi barrio. Cuando eran adolescentes, los muchachos también se iban “al norte”. Las mujeres se salían a las calles por las tardes a coser, a platicarse lo cotidiano, a gritarles a sus hijos porque no se portaban bien, a jugar lotería, a lo que fuera.

A mí me gustaban los juegos que se hacían en ese pueblo. Todo me gustaba ahí, jugar con mis vecinos a enlodarnos, correr por el empedrado, con las rodillas raspadas como resultado. Recuerdo el tiempo de lluvias con mucho temor, porque siempre se iba la luz y tardaba muchas horas en volver, a veces hasta días. No puedo olvidar la ansiedad que sentía cada vez que jugaba en alguna de las huizacheras, tenía tanto miedo de que me picara algún animal; a veces no era eso, era el simple temor de estar ahí, como si fuera algo prohibido.

Me gustaba la gente y el pueblo. Sus olores que me recordaban mejores tiempos, sus sabores que me traían de vuelta a casa de mi abuela, sus ruidos a pueblo de antaño. Me sentía en un lugar ajeno, fuera de mí, lejos de la civilización, aún y cuando todas las casas tenían televisión, sentía que no éramos parte de este mundo. Como si fuéramos una historia más de un libro de García Márquez, como si fuéramos parte de la imaginación de alguien y no personas reales, sino personajes. Todo eso sentí, y todo eso fue hasta que me vi obligada a dejar el pueblo. Mi pueblo.

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