23 junio 2011

Ejercicio de redacción 1: La lluvia

A propósito de que comenzaron las lluvias:


   Yo me despediría de una gota dejándola empapar mi cabello, dejando que roce mi cara, que pase por mis hombros, por mi cuerpo. Dejaría que salpicara mis pies o que mojara mi ropa. Aún y cuando sea tan pequeña para no bañarme por completo, me gustaría que formara parte de mí en ese último instante que tiene en su caída. La podría despedir también, viéndola golpear el suelo. Observarla me haría feliz. Para mí la lluvia no es tristeza, por eso, cuando yo verdaderamente me despido de una gota, es cuando me resigno a esperarla durante meses, hasta que vuelva el temporal y traiga a sus hermanas.


   Recuerdo cuando era niña, no tendría más de cinco años, y asomaba mi cabeza por la ventana del auto para ver la lluvia. Mis papás siempre diciendo las mismas frases: "Está lloviendo mucho", "No vamos a llegar temprano", "No para de llover", "Se está inundando". A mí me enamoraba el sonido de las gotas, los vidrios empañados, el correr del agua. Asomaba mi cabeza y siempre, todas las veces, le decía a mi mamá: "Mamá, ¿ya viste? parecen soldados". Mi mamá me respondía: "Sí, son soldados que van marchando". No sé porqué me lo decía, pero me gustaba entenderlo así. Las gotas eran soldados que iban marchando con fuerza. Sus pisadas eran estridentes, nada las paraba. Y aunque a los nueve años comprendí que no eran soldados microscópicos, sino simples gotas de agua, me gusta seguir creyendo que en cada lluvia viene un ejército abriéndole paso al agua, dejando que entre por donde quiera, imponiéndose, haciendo ruido, chapoteando, empapando.

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