25 agosto 2010

El Princeso

Cuando tenía 16 años me enamoré de mi mejor amigo. El chavo perfecto para mí: mismos gustos, mismos chistes, mismos amigos, misma escuela, mismo grupo, mismos sufrimientos, mismos sarcasmos.
Después de demasiadas obviedades e indiscreciones por parte de mis amigos de entonces, me sentí obligada a hablar de lo evidente. Le dije que me gustaba, pero que entendería lo que él decidiera hacer, ya fuera que anduviéramos, que siguiéramos como amigos, que ignoráramos el comentario, que la situación se volviera incómoda o que empezara a ignorarme.
Creí que había decido ser maduro y seguimos hablándonos y llevamos la amistad adelante como si nada. Yo con el corazón apachurrado y aún así, siguiendo la amistad. Hasta que llegó un día en que decidí mandar todo al carajo en cuanto a la situación sentimental con él, y empezar a ver por mí. El princeso se dio cuenta de que ya no contaba con mi completa atención, interés, dedicación y cariño, y fue cuando me invitó a salir. Nos hicimos novios. ¿Yo? La adolescente más feliz del mundo. ¿Él? Parecía que se había quitado un peso de encima.
Cuando salíamos comencé a notar cosas raras. Bueno, no sé si definirlas como raras, pero sí eran incómodas. Nunca tenía dinero para pagar, y parecía no importarle que siempre lo hiciera yo. Se le olvidaban los regalos en las fechas especiales (ojo: no se le olvidaban las fechas, se le olvidaban los regalos). Se burlaba de mis gustos y menospreciaba mis sueños. Le daba flojera y era mucha complicación venir a verme a mi casa. Incluso llegó a pedirme que yo fuera a buscarlo a la suya.
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Me abrazaba cuando no había mucha gente viéndonos y nunca me besaba en público. Me agarraba la mano por el compromiso que sentía hacia mí. Yo mientras me metía en la mente la idea de que era el novio ideal.
Hablábamos de un futuro juntos, me ayudaba a hacer castillos en el aire, y cuando yo comenzaba a aterrizar las ideas me decía que habían sido sólo mías. Así de fácil esfumaba mis ilusiones donde lo incluía a él, y me dejaba confundida, sin saber si habían sido ideas mías solamente o de él también.
Me cansé de sus desatenciones y terminé la relación. Él no me buscó, pero yo sí lo busqué. Fue un mes que no fuimos novios y que sufrí, rogué, lloré como pocas veces. Volvimos, haciendo sin querer una escena de película. Para volver a una realidad peor que la que ya teníamos. Cada acto suyo y cada palabra iban con la intención de recordarme que terminé la relación. Yo sintiéndome más y más culpable. Nunca había caído tan bajo.
Llegó el 14 de febrero. Me dejó plantada, peleamos por teléfono y finalmente se apareció en mi casa. Me dijo: Esto tiene que terminar. Quise creer que las peleas, las discusiones, los enojos. No, él se refería al noviazgo.
Ahí me dejó, llorando, con el corazón todo hecho pedacitos que sigo sin poder pegar.
Un año estuve llorando por él, soñando que seguíamos siendo novios, despertándome en la noche para darme cuenta de que no lo éramos, andando en pants y pantuflas todo el día, con la esperanza, la muy estúpida esperanza de que llegaría el día en que me iba a buscar para que volviéramos.
Nunca llegó ese día.
Casi un año después de que terminó la relación, fui a un café con mi familia. Ahí estaba él. Con ella. Esa, a la que siempre le tuve celos. Corrí para que no me vieran y no pude tener fuerzas para seguir. Volví a llorar esa noche y esa semana.
Poco a poco fui desprendiéndome de su recuerdo, aunque no del dolor que él me causa. Sigo evitando ver sus fotos y pasar por los lugares que él frecuenta. Me deshice de todo posible contacto con él y agradezco infinitamente a mi mente por haber bloqueado el 95% de recuerdos que tengo de él.
Pero a veces pasa, y siempre es cuando más para el carajo me siento, que llego a encontrármelo. La última vez coincidimos en un viaje. De entre todos los camiones, rutas y horarios posibles, eligió el mismo que yo. Al verlo yo volteé para otro lado. Ya que me aseguré que él había pasado empecé a llorar. Es algo que no controlo, simplemente sucede cada vez que lo veo.

1 comentarios:

Camilo Cienfuegos dijo...

He leído bastante tu blog en esta hora, suelo leer rápido. Que divertido redactas, pero en mi mente no se va una cosa; tu abuelita de dice Wanna? jejeje, que dulzura de mujer. El Ataque del libreo, yo recuerdo el ataque del refrigerador, mi madre subió unos ates de membrillo, y subí en una silla muy poco estable, chaz al suelo, pero nunca se enteró de mi fallido ataque al cuartel de Moncada, solamente ameneció una silla quebrada.

Que amor el tuyo, parecía superado y lloraste despúes, io no lloro, lloro más feo lloro por dentro.

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