No fue fácil lograrlo, pero finalmente estábamos viendo una película. Tú, yo, ellos, todos.
Ya sabes, no nos quedó más remedio que verla acostados en el suelo, y tan apretados todos que tú y yo quedamos juntos, muy juntos.
La película terminó y comenzamos a ver otra. Yo estaba algo aburrida con la segunda, pero me gustaba estar ahí contigo. Siempre me ha gustado platicar contigo, a pesar de que muchas, las más de las veces, no estemos de acuerdo; y no importa lo que pienses, en serio, siempre me ha gustado platicar contigo.
Comencé a tocar tu cabello, tu cara. Me gustó acariciarte, no sé porqué lo empecé a hacer, pero me gustó.
Después de un rato de moverme de una y otra forma, el piso hizo que me empezara a doler la espalda, seguí moviéndome y quedé frente a tí. ¿A quién carajos le importaba la película en ese momento? A mí no.
Entonces te dije: Tienes que compensar por esto que estoy haciendo. Tú sabes, yo no me refería a la película, las paletas, la almohada que te presté -que siempre será mejor a la que tú tienes-.
Me contestaste: ¿Sí? ¿Cómo te lo puedo compensar?
Puse mi cara pensativa y te dije: ¿Qué ofreces?
Tú respondiste: ¿Un beso te parece bien?
No pensé que me lo fueras a ofrecer. Pero me gustó la idea. Te contesté: Está bien.
Y me lo diste.
Tampoco pensé que lo fueras a hacer. En serio, no.
Fue uno de los mejores primeros besos que me han dado.
Y no te quejes, tú me preguntaste cómo fue que terminamos besándonos.


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